La peor parte
Uno de los libros más emotivos que leí durante este tiempo pandémico es “La peor parte” de Fernando Savater. Este texto es una carta de amor muy larga a su pareja “Pelo Cohete”, quien falleció por un tumor cerebral en tiempo reciente.
Es un texto ligero y disfrutable
porque describe cómo se hicieron pareja, incontables anécdotas vividas juntos, la
historia de ella como una mujer de la resistencia contra Franco, sus hábitos
nocturnos como pareja, solo para explicar cómo es que la peor parte ha sido en
la que su vida se fue apagando.
No es el único que he leído de
este tipo, “A matter of life and death” del maestro Yalom va en el mismo
sentido. Así también lo es “La ceremonia del adiós” de Simone de Beauvoir.
La referencia a estos textos es
porque, si bien estas personas son reales, el dolor por la pérdida de sus
parejas, amantes, compañeras, etcétera, se hace palpable en sus letras, si bien
es cierto que iniciamos un diálogo al momento de leerles, no tuve una respuesta
de su parte a partir de lo que quise decirles.
Un breve paréntesis: A Savater le
escribí agradeciéndole su sensibilidad, el compartir su historia y que me haya
permitido “conocer” a Pelo cohete. No recibí respuesta. Al maestro Yalom, no le
he escrito, pero le enviaré un correo en un sentido similar y aclaro que, en
otros momentos ya lo he hecho y él sí me ha contestado como a miles de sus
seguidores a los que les devuelve sus mensajes. Él ha dicho en innumerables ocasiones
que pasa largo rato en la mañana contestando los correos que recibe. Cierro
paréntesis.
Ahora bien, por otro lado, en mi
práctica clínica matizada además por el contexto pandémico en el que nos
encontramos como mundo, he recibido a personas quienes pueden titular las
sesiones que tenemos así: “La peor parte”.
He acompañado los relatos pausados
por el llanto, los sonidos ahogados por el aire que falta, los movimientos que
no aceptan lo sucedido con toda su corporalidad, los enojos contra dios, contra
quien se fue, contra quien prometió estar y no resistió, contra una enfermedad
de la que a veces han dudado que exista, he callado.
Wittgestein no se equivocaba cuando en su
tractatus escribió que cuando algo no puede ser dicho es mejor callar.
Silencio…
Ante la muerte del padre, del
esposo, de la pareja, del amigo, ante la posibilidad de morir también.
Silencio que irrumpe en letras con
las que te cuento querida lectora que también es para mí la “peor parte”.
Acaban las sesiones y me quedo un largo rato pensando a quienes entran en
recintos del recuerdo por los que se escuchan como ecos sus muertos, muertas.
Las palabras, las risas, los regaños, los recuerdos, sus voces.
Silencio en el que agradezco que
decidan compartirme cómo están, cómo se vive después de lo perdido, cómo
respiran con tanto ahogo de palabras no dichas, con tantos recuerdos.
Silencio interrumpido por la
nueva sesión en que de nuevo nos encontramos y me cuenta cómo ha sido una nueva
semana en que la vida se ha transformado, en donde pasa más a prisa el tiempo
respecto al calendario, pero al mismo tiempo lento en cuanto a experimentarlo.
Me llevan consigo en el proceso.
Después de algunos encuentros el discurso es diferente quizás lloren menos y
recuerdan más, su ahogo cede y podemos hablar, su dolor no es el mismo y aunque
nunca se irá, cambia. Porque todo cambia dice Mercedes.
Cambiamos juntos en el proceso.
Yo pregunto otras cosas ellos (as) me cuentan otras cosas, lloran por anécdotas
de más tiempo atrás, yo me siento menos triste al finalizar la sesión, ellas
(os) me hablan poco a poco de otras eventualidades relacionadas, yo les cuento
cómo viví lo que hablamos, ellos (as) me dicen que están mejor, yo me pregunto
cuándo se está mejor.
Yo me curo con la música, la
palabra, el encuentro, los grupos, supervisando, con mi pareja que me escucha siempre. Con el
otro (a) que me elige como testigo de su existencia.
Ellas (os) regresan, algunos (as)
lo han hecho durante ya más de un año. Yo les espero ansioso por el hedonismo
dialógico del encuentro y por vernos cambiando.
No quisiera que me leas pensando
en que es bueno dejar de llorar, o diciéndote que sé cómo atravesar una
pérdida. No me leas pensando en un ciclo que debe cumplirse a razón de la
tanatología tradicional, no.
Lo que quiero compartirte es que
a veces ser terapeuta es duro porque nos duele que a nuestros consultantes
les duela. Que es importante cuidarnos no de no sentir con ellos, ellas, sino
justo porque sentimos, tener nuestras formas de lidiar con ello. Yo, por
ejemplo, me hice un Blog y fantaseo que dialogamos.
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